¿A dónde nos lleva la telebasura?
En muchas de las conversaciones que se tienen sobre lo que predomina actualmente en la televisión suele aparecer muy a menudo la palabra “telebasura”. Esta también se ve envuelta en una falsa dicotomía, basada en si los consumidores de televisión piden programas basados en el morbo, el sensacionalismo y el escándalo o si por el contrario consumen lo que se les presenta, sea lo que sea.
Más bien opino que lo segundo.
Lo que les sucede a este tipo de programas es que incluyen una serie de ingredientes básicos que lo que hacen es actuar como factores de aculturación y desinformación, así como de obstáculo para el desarrollo de una opinión pública libre y fundamentada. Estos serían, por ejemplo, el reduccionismo, ya que la mayoría de explicaciones que aparecen son simplistas, parciales o interesadas; la demagogia, basada en la realización de supuestos debates y encuestas, que no son sino simulacros de los verdaderos debates y encuestas y que lo que hacen es consolidar la idea del todo vale; o el desprecio a derechos fundamentales como el honor, la intimidad, el respeto o la presunción de inocencia, derechos que en ningún caso pueden vulnerarse mediante la libertad de expresión.
Teniendo en cuenta esto, se observa la necesidad de que todos los elementos implicados en la actividad televisiva tomen conciencia de su responsabilidad en la formación y educación de sus telespectadores; o en caso contrario que los Poderes Públicos actúen en ese sentido para preservar integridad de la audiencia.
Lo que está claro es que los temas de interés humano que podrían aparecer de manera adecuada, racional y educativa, sólo aparecen bajo la influencia de elementos como el sexo, la violencia, el humor o la superstición. Esto hace que lo que percibe la audiencia sea puro amarillismo y una visión de la realidad muy distorsionada, que no incentiva a las futuras generaciones a seguir con su formación y a pensar, de forma real, en su porvenir.
Jordi Batlle
Más bien opino que lo segundo.
Lo que les sucede a este tipo de programas es que incluyen una serie de ingredientes básicos que lo que hacen es actuar como factores de aculturación y desinformación, así como de obstáculo para el desarrollo de una opinión pública libre y fundamentada. Estos serían, por ejemplo, el reduccionismo, ya que la mayoría de explicaciones que aparecen son simplistas, parciales o interesadas; la demagogia, basada en la realización de supuestos debates y encuestas, que no son sino simulacros de los verdaderos debates y encuestas y que lo que hacen es consolidar la idea del todo vale; o el desprecio a derechos fundamentales como el honor, la intimidad, el respeto o la presunción de inocencia, derechos que en ningún caso pueden vulnerarse mediante la libertad de expresión.
Teniendo en cuenta esto, se observa la necesidad de que todos los elementos implicados en la actividad televisiva tomen conciencia de su responsabilidad en la formación y educación de sus telespectadores; o en caso contrario que los Poderes Públicos actúen en ese sentido para preservar integridad de la audiencia.
Lo que está claro es que los temas de interés humano que podrían aparecer de manera adecuada, racional y educativa, sólo aparecen bajo la influencia de elementos como el sexo, la violencia, el humor o la superstición. Esto hace que lo que percibe la audiencia sea puro amarillismo y una visión de la realidad muy distorsionada, que no incentiva a las futuras generaciones a seguir con su formación y a pensar, de forma real, en su porvenir.
Jordi Batlle


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